Nunca deja de sorprenderme la inagotable capacidad de los paises ricos para interferir o no en los problemas de los paises pobres con la misma actitud categórica.
Es fácil decir que no se puede uno inmiscuir en los problemas de las revueltas de tal o cual país queriendo llevar toda la razón del mundo cuando no te interesa nada de lo suyo porque viven en un desierto sin recursos. Los Saharauis son testigos de primera línea de ello.
También puede uno entrar en un país como un elefante por una cacharrería en aras de los derechos humanos cuando el fin es puramente económico, para finalmente no arreglar nada sino todo lo contrario. Aquí los afganos o los iraquíes seguro que tienen mucho que decir.
Hemos resistido con todas nuestras fuerzas silbando y mirando hacia otro lado, aunque las bolsas se nos tambaleaban a cuenta del petróleo, mientras la gente era maltratada por exigir sus derechos e incluso moría en algunos paises árabes. Pero cuando es la Libia del dictador y “gran” hombre de negocios Gadafi la que se pone patas arriba, la cosa cambia. Primeras declaraciones, aún tibias pero más contundentes que las anteriores, y lo que nos queda por oír. Lo mejor de todo será escuchar las razones. Por supuesto diremos que el mundo debe ser un sitio más justo para todos sus habitantes. Nadie osará ni mencionar el verdadero motivo, nuestro miedo congénito a no poder seguir haciendo negocios y enriqueciéndonos a costa de los más desfavorecidos, aquellos que viven en paises riquísimos que negocian con Europa y en los que la mayor parte de la población malvive y es explotada hasta la vergüenza por una elite tirana.
