Lo mejor de viajar es la posibilidad que te brinda el viaje de aprender. De todo se aprend
e si mantienes la mente despierta y abierta el alma, si miras con los ojos limpios sin ánimo de juzgar lo diferente simplemente por serlo.
¿A qué viene esto?, os preguntaréis. Pues fácil, a mi propia experiencia respecto al tabaco en mis viajes y a mi visión sobre la ley que nos acaba de caer parece como una losa encima, desde luego no a mi entender.
Mucho tiempo antes de que aquí se hubiera aprobado no ésta sino incluso la anterior ley de 2006, en muchos países (sobre todo europeos) ya existían normativas muy parecidas a la que ahora nos ocupa. Sinceramente, yo lo vivía como un gusto al viajar. Esa sensación de entrar en un bar, pasarte la noche entera, y llegar al apartamento o al hotel con el pelo y la ropa sin apestar a tabaco, sin molestias en los ojos y demás, me parecía como de otro mundo. Y casi así era, pero ya no. Ahora también puedo disfrutar de mis salidas sin humo en mi propia ciudad. ¡Qué ricas esas bravas sin ahumar!
A todo esto hay que añadir que, contra todo pronóstico, soy fumadora y en un principio me pareció incómodo y antinatural no poder fumarme un cigarro con mi cerveza en Dublín, Copenhague o Nueva York, entre muchos otros, pero lo cierto es que te acostumbras a salir a la puerta cuando te apetece, fumarte un pitillo y luego volver a entrar. Y, sorpresa, hasta para los fumadores tiene ventajas. Llegas a tu casa sólo con los malos humos propios (que ya es más que suficiente) y no con los de los demás y, de paso, respetas a los que han decidido ser sanos y saludables en lo que al tabaco se refiere. Vamos, lo que viene siendo un dos por uno.
