Es el sitio donde todos hemos estado sin estar, visitándolo desde el sofá de nuestra casa o desde el sillón del cine. Cualquier rincón de esta ciudad, en el momento de incluso nuestra primera visita, nos trae un recuerdo o una sensación relacionada con algo que vivimos a través del séptimo arte hace poco o mucho.
Pocas cosas se pueden contar de Nueva York que no sean mundialmente sabidas, pero aún así no puedes dejar de sobrecogerte la primera vez que te encuentras entre los titánicos rascacielos de Manhattan, o en medio del bosque inmenso de Central Park.
Es sin dudarlo y sobre todo una ciudad de contrastes: pasas del caos de Times Square a la paz de Central Park en 15 minutos de paseo, de las tiendas más lujosas y los choferes en las puertas de los pisos de lujo al mundo del suburbio, de los sin techo, de la gente que ya no tiene nada que perder ni tampoco que ganar porque no tienen nada de nada. La Gran Manzana te puede hacer lo mismo reir que llorar, soñar que despertar de golpe al mundo, observarte como un completo extraterrestre o hacerte sentir que hayas vivido toda la vida allí, que formas parte de aquel orden caótico.
De todos modos, y a pesar de las luces y las sombras, o precisamente por eso, es un destino muy a tener en cuenta.


