Una casi perenne capa de nubes cubre la mal llamada por algunos “Venecia del norte”. Aunque, en lo que se refiere a su arquitectura, no es ni demasiado monumental ni demasiado llamativa, Estocolmo se presenta ante el visitante como un lugar elegante, sencillo y apacible, como una ciudad amigable y accesible.
Las aguas del Báltico y las del lago Mälaren bañan sus islas y los pedazos de tierra firme que la componen a partes iguales, separadas por un sistema de esclusas que sólo es útil en verano, ya que las aguas del lago quedan congeladas la mayor parte del invierno.
El viaje estival nos presenta un Estocolmo fresco, repleto de vida diurna y nocturna (sorprendente por estas latitudes), bellos parques y una oferta cultural y deportiva que habla mucho y muy bien sobre los habitantes de la cuna de los Nobel. Una mención especial merece el museo etnológico de Skansen donde en unas horas se puede profundizar sobre la cultura, la historia y la naturaleza de la Suecia rural.
Pero todos los viajes tienen su fecha de caducidad. Y a la vuelta te quedas con ganas de más, de volver a compartir el sentido tan práctico de las cosas que tienen los suecos, su amabilidad, su cocina… No puedes evitar hacerte la promesa de volver en otra ocasión para disfrutarlo desde otra perspectiva, detrás de un grueso abrigo y una mullida bufanda. Y en el avión cierras los ojos y te imaginas lo sobrecogedor que debe ser su gigantesco lago helado, sus decenas de pistas de patinaje (en verano fuentes), sus bosques invernales y sus -3º de media de temperatura.







